07 septiembre 2006

Xavier Mina: Primera Proclama


Manuel Ortuño

Al llegar Xavier Mina, acompañado de Fray Servando a la costa este de los Estados Unidos (30 de junio de 1816), uno de sus propósitos inmediatos era entrevistarse con don Pedro Gual, representante de Venezuela en los Estados Unidos por decisión de Bolívar y amigo de notables personalidades norteamericanas. Mina llegó a Norfolk con una carta de presentación firmada por Manuel Palacio Fajardo, que se había quedado en Londres preparando la primera edición de su libro “Outline of the revolution in Spanish America...”. (1)

Mina se encontró con Gual, confió plenamente en él y entre ambos planearon y organizaron una estrategia de ayuda y apoyo a los insurgentes mexicanos, que variaba sustancialmente los planes que Mina tenía decididos desde Londres. Gual y el grupo de patriotas hispano americanos que residían en Estados Unidos, habían llegado al convencimiento de que la liberación del continente tenía que empezar por Nueva España. (2)

Esta era la pieza clave que sostenía el Imperio español y una vez libre de la opresión de la metrópoli el resto del continente caería fácilmente. Este planteamiento lo había discutido Gual con Bolívar, que en esos momentos se encontraba refugiado en Haití, al amparo del Presidente Petión, tras su fracasada expedición a Venezuela, durante la primavera de 1816.(3)

Cuenta Fray Servando que en los encuentros entre Mina y Gual se fraguaron propósitos y planes (entre julio y septiembre de 1816) mientras visitaban amigos, anudaban compromisos, establecían cuadros militares y organizaban regimientos y brigadas para la intervención. Según Fray Servando, es en esta época cuando, como una muestra de la madurez alcanzada por Xavier Mina se debe situar la primera redacción del texto que más tarde se conocería como primera "Proclama", fechada oficialmente en Gálveston, el 22 de febrero de 1817.(4)

Y así debió ser, porque a partir de mediados de septiembre Mina entró en una etapa llena de actividades que le impediría tener la tranquilidad y el sosiego necesarios para ocuparse de la redacción de cualquier texto de carácter doctrinal. El 27 de septiembre embarcó con dirección a Puerto Príncipe, lugar en el que había convocado a sus seguidores y donde se encontró con Simón Bolívar, a quien intentó convencer para que se le uniera en su propósito de liberar Nueva España. Le prometía seguir después los dos juntos la campaña de tierra firme en Venezuela y Colombia.(5)

Fracasado en este empeño y ante la negativa de Bolívar, que tenía muy avanzados sus propios planes de acción, pero con los apoyos y la ayuda que recibió del Presidente Petión, Mina regresó al norte, en busca del Comodoro Aury, apostado en Gálveston y que se suponía debería estar en compañía de Don José Manuel Herrera, plenipotenciario del Congreso Mexicano. Cuando llegó allí resultó que Herrera había regresado a México y Aury, temeroso del prestigio y envidioso de la fama del español, se mostró reticente a prestarle ayuda. (6)

Mina desembarcó en Gálveston a finales de Noviembre y se dedicó a organizar y preparar sus efectivos, diseñando un riguroso esquema de estrategia militar. Obligado a visitar Nueva Orleans en busca de ayudas económicas, regresó a Gálveston a finales de marzo de 1817 (7) con el texto de la proclama listo para la impresión. Mina se había hecho traer desde Inglaterra una preciosa imprenta, último modelo, de la que se hizo cargo el joven impresor estadounidense Samuel Bangs, que viviría una larga aventura entre México y Texas en las décadas siguientes. En esta imprenta, que desembarcó en Soto la Marina, se imprimió también el periódico de la Expedición, cuya edición corrió a cargo de don Joaquín Infante, el poeta cubano, secretario del general. (8)

Las dos proclamas

La primera "Proclama" de Mina tiene un destinatario muy concreto, que aparece con todas sus letras en el cuerpo del escrito. Está dirigida simultáneamente a “Españoles” y “Americanos”. En ella, además de contar su propia experiencia y de describir la situación de opresión y tiranía en que yacían España y la América, Mina establecía y enunciaba los principios que le habían decidido a pasar a la acción. Es una especie de carta de presentación, que según Mier, estuvo inspirada y probablemente en parte escrita por don Pedro Gual y él mismo. (9)

Decidido a iniciar la Expedición, hacia el 7 de abril de 1817 partió de Gálveston con Aury y una flota invasora (en realidad sólo de transporte y apoyo ya que Aury se había desentendido del resto del proyecto), rumbo a la barra de Santander y Soto la Marina, donde desembarcó el 21 de abril. (10)

Cuatro días más tarde, el 25 de abril, ya en tierra mexicana se publicó esta "Proclama", supuestamente la misma de Galveston, firmada por Mina y rubricada un día después por el Xefe del Estado Mayor, Noboa, en el Cuartel General de Soto la Marina. ¡ No se la podía rodear de mayores formalidades! Impresa por Bangs, se reprodujo inmediatamente en el Boletín Nº 1 de la División Ausiliar , el periódico de Mina, dirigido y redactado por Infante.

La difusión de la proclama, cuyo texto de Gálveston se había dado a conocer anteriormente (se dice que Herrera se había llevado ejemplares cuando regresó a México, aunque de ser así tendría que tratarse de otra impresión anterior), fue muy amplia, ya que la Gaceta del Gobierno Provisional de la Junta rebelde de Jaujilla, en su número de julio de 1817, insertó en sus páginas el texto completo tomado del número 1 del Boletín de Mina.(11)

Lo más sorprendente, al comparar ambas proclamas, la firmada en Gálveston y la que se rubricó en Soto la Marina, es que aunque se inician con la misma frase (“Al separarme de la asociación política...”), no son exactamente iguales y, en realidad, hay que considerarlas como dos textos distintos, con diferente destinatario y la inclusión de correcciones y cambios que en algunos aspectos se pueden considerar importantes y de cierta consideración.

En general, acompañada de otros textos menores, algunas cartas de cierta enjundia y sobre todo la que dirigió al Brigadier Arredondo, así como la última "Proclama" de Jaujilla, fechada el 19 de octubre de 1817, es decir una semana antes de su captura, es apropiado decir que se trata de un texto fundamental que permite conocer el pensamiento, los planes, las convicciones y propuestas políticas y doctrinales de Mina, en el momento decisivo de iniciar la gran aventura de su vida.

Texto de la primera Proclama

"Al separarme para siempre de la asociación política, por cuya prosperidad he trabajado desde mis tiernos años,es un deber sagrado el dar cuenta a mis amigos y a la nación entera de los motivos que me han dictado esta resolución. Jamás, lo sé, jamás podré satisfacer a los agentes del espantoso despotismo que aflige a mi desventurada patria; pero es a los españoles oprimidos, y no a los opresores, a quienes deseo persuadir que no la venganza ni otras bajas pasiones, sino el interés nacional, principios los más puros, y una convicción íntima e irresistible han influido sobre mi conducta pública y privada.

Es bien notorio que yo me hallaba estudiando en la Universidad de Zaragoza, cuando las disensiones domésticas de la familia real de España y las transacciones de Bayona nos redujeron, o a ser vil presa de una nación extraña, o a sacrificarlo todo a la defensa de nuestros derechos. Colocados así entre la ignominia y la muerte, esta triste alternativa indicó su deber a todos los españoles, en quienes la tiranía de los reinados pasados no había podido relajar enteramente el amor a su patria. Como otros muchos, yo me sentí animado de este santo fuego, y fiel a mi deber, me dediqué a la defensa común, acompañé sucesivamente como voluntario los ejércitos de la derecha y del centro: dispersos desgraciadamente aquellos ejércitos por los enemigos, corrí al lugar de mi nacimiento, en donde era más conocido; me reuní a doce hombres, que me escogieron por su caudillo, y en breve llegué a organizar en Navarra cuerpos respetables de voluntarios, de que la Junta Central me nombró comandante general. Pasaré en silencio los trabajos y sacrificios de mis compañeros de armas: baste decir que peleamos como buenos patriotas hasta que tuve la desgracia de caer prisionero. La división que yo mandaba tomó entonces mi nombre por divisa, y escogió, para sucederme, a mi tío don Francisco Espoz: el gobierno nacional, que aprobó aquella determinación, permitió también a mi tío el añadir a su nombre el de Mina; y todos saben cuál fue el patriotismo, cuánta la gloria que distinguió a aquella división bajo sus órdenes.

Cuando la nación española se resolvió a entrar en una lucha tan desigual, debe suponerse que el objeto de tantos riesgos y privaciones no era restablecer el antiguo gobierno en el pie de corrupción y venalidad que nos había reducido a la miseria. Nos acordamos que teníamos derechos imprescriptibles que nos aseguraban nuestras leyes fundamentales, y de que habíamos sido despojados por la fuerza. Este sólo recuerdo lo puso todo en movimiento, y nos resolvimos a vencer o morir. Se comenzaron, efectivamente, a destruir los antiguos abusos, revivieron nuestros derechos y juramos solemnemente defenderlos hasta el último punto. He aquí el principio que hizo obrar prodigios de valor al pueblo español en la última guerra.

Al restablecer así en nuestro suelo la dignidad del hombre y nuestras antiguas leyes, creímos que Fernando VII, que había sido compañero nuestro y víctima de la opresión, se apresuraría a reparar, con los beneficios de su reinado, las desdichas que habían agobiado al estado en el de sus predecesores. Nada le debíamos: la generosidad nacional lo había llamado gratuitamente al trono, de donde su propia debilidad y la mala administración de su padre lo habían derribado. Le habíamos ya perdonado las bajezas de que se había hecho criminal en Bayona y Valençey: habíamos olvidado que, más atento a su propia tranquilidad que al honor nacional, había correspondido a nuestros sacrificios deseando enlazarse con la familia de nuestro opresor; confiábamos en que él tendría siempre presente a qué precio había sido repuesto en la posesión del cetro, y en que, unido a sus libertadores, sanase de concierto las profundas heridas de que, por su causa, resentía la nación.

La España logró por fin reconquistarse a sí misma, y conquistar la libertad del rey que se había elegido. La mitad de la nación había sido devorada por la guerra; la otra mitad estaba aún cubierta de sangre enemiga y de sangre española, y al restituirse Fernando al seno de sus protectores, las ruinas de que por todas partes estaba cubierto su camino debieron manifestarle sus deudas y las obligaciones en que estaba hacia los que lo habían salvado. ¿Podía creerse que su famoso decreto, dado en Valencia a 4 de mayo de 1814, fuese el indicio de la recompensa que el ingrato preparaba a la nación entera? Las cortes, esa antigua egida de la libertad española, a quien en nuestra orfandad debió la nación su dignidad y su honor; las cortes, que acababan de triunfar de un enemigo colosal, se vieron disueltas, y sus miembros huyendo, en todas direcciones, de la persecución de los cortesanos. El encarcelamiento, cadenas y presidios, fueron la recompensa de los que tuvieron bastante firmeza para oponerse a usurpación tan escandalosa; la inquisición, el antiguo escudo de la tiranía, la impía, la infernal inquisición, fue restablecida en todo el furor de su primitiva institución; la constitución abolida y la España esclavizada de nuevo por el mismo a quien ella había rescatado con ríos de sangre y con inmensos sacrificios.

Libre yo ya, por aquella época, de las prisiones francesas, corrí a Madrid, por si podía contribuir, con otros amigos de la libertad, al restablecimiento de los principios que habíamos jurado sostener. ¡Cuál fue mi sorpresa al ver el nuevo orden de cosas! Los satélites del tirano sólo se ocupaban en acabar de destruir la obra de tantos sudores: ya no se pensaba sino en consumar la subyugación de las provincias de ultramar, y el ministro don Manuel de Lardizábal, equivocando los sentimientos de mi corazón, me propuso el mando de una división contra México; como si la causa que defendían los americanos fuese distinta de la que había exaltado la gloria del pueblo español; como si mis principios me asemejaran a los serviles y egoístas que, para oprobio nuestro, manda a pillar y desolar la América; como si fuese nuevo el derecho que tiene el oprimido para resistir al opresor, y como si estuviese calculado para verdugo de un pueblo inocente quien sentía todo el peso de las cadenas que abrumaban a mis conciudadanos.

Mis heridas, aún no bien cicatrizadas, me indicaron de un modo irresistible mi deber. Me retiré, pues, para Navarra, y, de concierto con mi tío don Francisco Espoz, determinamos apoderarnos de Pamplona y ofrecer allí un asilo a los héroes españoles, a los beneméritos de la patria que habían sido proscritos o tratados como facinerosos. Por toda una noche fui dueño de la ciudad; y cuando mi tío venía a reforzarme, para contener, en caso necesario, a una parte de la guarnición de quien no nos prometíamos conformidad, uno de sus regimientos rehusó obedecerle. Aquellos valientes soldados que tantas veces habían triunfado por la independencia nacional, se vieron atados, cuando se trataba de su libertad, por lazos vergonzosos, por preocupaciones arraigadas, y por la ignorancia que aún no habíamos podido vencer. Frustrada así la empresa, me fue necesario refugiarme a países extranjeros, con algunos de mis compañeros, y, animado siempre del amor a la libertad, pensé defender su causa en donde mis débiles esfuerzos fuesen sostenidos por la opinión y los esfuerzos de la comunidad: en donde ellos pudiesen ser más benéficos a mi patria oprimida y más fatales a su tirano. De las provincias de este lado del océano obtenía el usurpador los medios de obtener su arbitrariedad; en ellas se combatía también por la libertad y, desde el momento, la causa de los americanos fue la mía.

Españoles: ¿Me creeréis acaso degenerado? ¿Decidiréis que yo he abandonado los intereses, la prosperidad de la España? ¿ De cuándo acá la felicidad de ésta consiste en la degradación de una parte de nuestros hermanos? ¿ Será ella menos feliz cuando el rey carezca de los medios de sostener su imperio absoluto? ¿Será ella menos feliz cuando no haya monopolistas que sostengan el despotismo? ¿Será ella menos agrícola, menos industriosa, cuando no haya gracias exclusivas que conceder, ni empleos de Indias con que cebar y aumentar el número de bajos aduladores? ¿Será ella menos dedicada al comercio, cuando, no reducido éste a ciertas y determinadas personas, pase a una clase más numerosa y más ilustrada?

La parte sana y sensata de la España está hoy bien convencida de que es, no sólamente imposible volver a conquistar la América, sino impolítico y contrario a los intereses bien entendidos. Prescindiendo de la justicia incuestionable que asiste a los americanos, ¿cuáles serían las ventajas que se conseguirían en subyugarla otra vez ? ¿Quiénes serían los que ganarían con tamaña iniquidad, si ella fuese posible?

Dos clases de personas son las que única y exclusivamente se aprovechan allí de la esclavitud de los americanos: el rey y los monopolistas; el primero para sostener su imperio absoluto y oprimirnos a su arbitrio, los segundos para ganar riquezas con que apoyar el despotismo y mantener al pueblo en la mendicidad. He aquí los agentes más activos de Fernando y los enemigos más encarnizados de la América. Los cortesanos y los monopolistas quisieran eternizar el pupilaje en que han puesto a la nación, para elevar sobre sus ruinas su fortuna y la de sus descendientes.

La España, dicen ellos, no puede existir sin nuestras Américas. Claro está que por España entienden estos señores el corto número de sus personas, parientes y allegados. Porque, emancipada la América, no habrá más gracias exclusivas, ni ventas de gobiernos, intendencias y demás empleos de Indias para sus criaturas. Porque, abiertos los puertos americanos a las naciones extranjeras, el comercio español pasará a una clase más numerosa e ilustrada. Porque, en fin, libre la América, revivirá indubitablemente la industria nacional, sacrificada en el día a los intereses rastreros de unos pocos hombres.

Si bajo este punto de vista, la emancipación de los americanos es útil y conveniente a la mayoría del pueblo español, lo es mucho más por su tendencia infalible a establecer definitivamente gobiernos liberales en toda la extensión de la antigua monarquía. Sin echar por tierra en todas partes el coloso del despotismo, sostenido por los fanáticos y monopolistas, jamás podremos recuperar nuestra dignidad. Para esa empresa es indispensable que todos los pueblos donde se habla el castellano aprendan a ser libres, a conocer y practicar sus derechos. En el momento en que una sola sección de la América haya afianzado su independencia, podemos lisonjearnos de que los principios liberales, tarde o temprano, extenderán sus bendiciones al resto. Esta es la época terrible que los agentes y partidarios de la tiranía temen sin cesar. Ven ellos, en el exceso de su desesperación, desplomarse su imperio, y quisieran sacrificarlo todo a su rabia impotente.

En tales circunstancias, consultad, españoles, la experiencia de lo pasado y en ella encontraréis lecciones bastante instructivas con que pautar vuestra conducta futura. La causa de los hombres libres es la de los españoles no degenerados. La patria no está circunscripta al lugar en que hemos nacido, sino, más propiamente, al que pone a cubierto nuestros derechos personales. Vuestros opresores calculan que, para restablecer sobre vosotros y sobre vuestros hijos su bárbara dominación, es indispensable esclavizar al todo. Justamente temía el célebre Pitt semejantes consecuencias, cuando justificaba, a presencia del parlamento británico, la resistencia de los anglo-americanos. “Nos dicen que la América está obstinada (decía él), que la América está en rebelión abierta. Me glorío, señor, de que la América resista. Tres millones de habitantes, que, indiferentes a los impulsos de la libertad, se sometiesen voluntariamente, serían después los instrumentos más adecuados para imponer cadenas a todo el resto”.

Americanos: he aquí los principios que me han decidido a unirme con vosotros; si ellos son rectos, os responderán satisfactoriamente de mi sinceridad. Por ella sóla he empuñado las armas hasta ahora; sólo en su defensa las tomaré de aquí en adelante. Permitidme, amigos, permitidme participar de vuestras gloriosas tareas, aceptad la cooperación de mis pequeños esfuerzos en favor de vuestra noble empresa... Contadme entre vuestros compatriotas. Ojalá que yo pudiese merecer este título, haciendo que vuestra libertad se enseñorease, sacrificando mi propia existencia. Entonces, decid, a lo menos, a vuestros hijos en recompensa: esta tierra feliz fue dos veces inundada en sangre por españoles serviles, esclavos abyectos de un rey; pero hubo también españoles amigos de la libertad, que sacrificaron su reposo y su vida por nuestro bien".

Xavier Mina. Gálveston, 22 de febrero 1817